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Photographer: Lilien Trujillo

Arts & Culture

La capacidad más pura de apreciar la belleza

Con la ternura de quienes tienen en su inocencia la capacidad más pura de apreciar la belleza, los niños, se escribe uno de los capítulos más conmovedores de esta V edición del Festival Habana Clásica, que una vez más reúne en La Habana a seres de diversas latitudes, hermanados por el sortilegio del sonido.

Aquella tarde parecía que la lluvia nos visitaría. Llegamos hasta el barrio La Timba, en El Vedado, a las instancias del proyecto creativo La Manigua, ubicado en Paseo y calle 35. Esta es una iniciativa nacida para sembrar arte, crear experiencias de juego y aprendizaje relacionados con la historia y la cultura cubana, a partir de la obra de nuestro Juan Padrón, y digo nuestro porque las infancias cubanas le deben mucho a su ingenio y universo creativo.

Photographer: Lilien Trujillo

La nave, que también funciona como taller-galería, estaba repleta de niños. Nos recibe Silvia, hija menor de Juan Padrón. Pañoletas y rumor, sonrisas y expectación en el rostro de los padres, que han acudido a la cita incluso con algunos bebés en brazos, con la intención de conocer a los músicos que nos visitan este año en el marco del festival internacional. Esperan al armonicista suizo, Grégoire Maret, uno de las figuras imprescindibles del panorama de la música contemporánea, reconocido por sus innovaciones en la técnica del instrumento y el jazz, quien regresa por segunda vez a Cuba.

Tras los conciertos magistrales en la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís y el teatro del Museo Nacional de Bellas Artes, Maret recorre algunos sitios de la ciudad y en esta ocasión tiene el propósito de ofrecer una clase elemental de armónica a los niños. Le acompaña Chérif Soumano, de Mali, destacado intérprete de la kora y descendiente de la herencia de los griots, que acaba de arribar a la urbe apenas la noche anterior.

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Después de la merienda, comienzan las presentaciones. Lorenzo Suárez, productor general de Habana Clásica, en compañía de Ernesto Doñas, vicedirector artístico del festival, dan inicio a la jornada. “Debemos estar muy callados para escuchar la voz de la kora y la armónica cromática”, dice Lorenzo, quien va traduciendo con extrema dulzura, del francés al español, todo lo que comenta Maret.

Los niños, estudiantes de cuarto grado de la escuela primaria Gustavo Pozo y del coro infantil de Fábrica de Arte Cubano, intercambian con desenfado y curiosidad. Algunos comentan que han visto una armónica; otros, que Suiza es la ciudad del amor. Sonreímos ante tanta inventiva, convencidos de que la nuestra también es la ciudad del amor. Grégoire interpreta algunas notas breves, comenta un poco sobre el instrumento y la técnica. Contemplamos aquellas caras y ojos bien abiertos, todos muy atentos para escuchar mejor. No quieren que se les escape ningún detalle.

Photographer: Lilien Trujillo

Llega el momento de repartir las armónicas y seguir al maestro. Instrumento en mano. Es un abanico de sonidos la sala. Sentados sobre la alfombra los pequeños también improvisan. Soplidos certeros; otros, todavía tímidos. Se organizan para imitar al músico. Poco a poco van poniéndose en pie para domesticar la armónica. Maret ríe en una mezcla de emoción y asombro, ante la espontaneidad de los niños. Hay un interés genuino en quienes se agrupan para tocar, se percibe la energía de la alquimia.

En un segundo momento Grégoire y Chérif, que se han conocido apenas el día anterior, improvisarán una pieza. Lorenzo también traduce las frases del músico maliense: “La kora es el instrumento más antiguo del África Occidental. La primera kora salió del agua y está hecha con piel de vaca”, nos dice. “¡Pobre vaquita!”, exclama una niña desde el público. Maret invita a todos los niños a acompañarlo. Tocan juntos. Lorenzo está delante, como dirigiendo la recién armada orquesta de armónicas. La felicidad es un sentimiento contagioso.

A veces nos preguntamos por la tierra y las semillas. He aquí lo valioso de estas escaleras tendidas al futuro. Quién sabe cuántos de estos niños se interesen por un camino profesional hacia la música, o cuál de estas armónicas permanecerá guardada hasta encontrar a su verdadero dueño, quizás muchos años después. Lo cierto es que la música ha abierto muchas puertas hoy, y su belleza también tiene el nombre de aquella niña de nueve años, con lágrimas en los ojos, estremecida con el sonido de la armónica. “Es que me ha llegado al corazón”, me dice. La música puede cambiar el mundo porque puede cambiar a las personas.

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Un festival es un tejido de puentes, abrazos, improvisaciones, emociones, pero más allá de los conciertos, las conversaciones y las clases magistrales en los conservatorios, un festival debe ser un corazón latiendo en el centro de toda ciudad.

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